No leí los libros, no voy a las juntas disfrazada de maga ni mato por ir a las avant premiere.
Pero sí vi todas las pelis en el cine.
Esperé y soñé con recibir una carta de Hogwarts.
Deseé tener una lechuza que me traiga el correo.
Anhelé con todas mis fuerzas poder pasar a través de una columna hasta el andén 9 y 3/4.
Consulté en internet al sombrero seleccionador en qué casa debería ponerme.
Rogué por poder vivir 5 minutos en ese maravilloso mundo ficticio.
Soy una persona sensible, pero las lágrimas que derramé hoy no fueron porque algo me conmovió (razón principal por la que lloro en las películas), sino que el cariño que fui desarrollando a través de estos años por cada uno de los personajes me hizo sentir tan cercana, tan dentro de la película...
... Y luego volver a la realidad. No es que sea mala, me gusta bastante mi vida... pero... es un mundo tan maravilloso, tan único. Y esto mismo lo siento después de cada nueva película de Harry Potter que voy a ver al cine. Durante el resto del año no lo siento tan así, pero es porque olvido las ganas que tengo de teletransportarme a aquel lugar, ganas que vuelven cuando vuelvo a ver la magia en una pantalla.
Igualmente este es un caso especial. Acá terminó todo, no va a haber más magia, más sorpresas, más conocimiento de este mundo en el cual la mayoría quiere vivir. Ya no podemos esperar qué nos traerá el próximo año, ya no podemos ir creciendo junto con ellos, por más que nuestra educación es muy diferente.
Ahora solo nos queda volver a nuestro mundo, y de vez en cuando, cuando sea necesario recordar ese sentimiento de esperanza, ese deseo de recibir la ansiada carta de Hogwarts (por más que tengamos 40 años), podremos revivir la historia que venimos acompañando desde nuestra niñez hasta nuestra adolescencia, en una pantalla más chica seguramente, y sin la sorpresa de aquellas 8 primeras veces, pero con el recuerdo de un corazón lleno de ilusión... y apuesto a que cada vez seguiré emocionándome.
Atte. Danis
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